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Esta es la historia de un simple y verde zapallito. Yacía abandonado entre bolsas y cartones, sobre el sucio asfalto de Belgrano. Estaba cansado y tenía una herida en  uno de sus costados. De pronto vió acercarse una mano grande y llena de amor, que lo rescató y lo salvaguardó junto a una manada de tomates en un canasto de bicicleta. Fue una larga travesía, presintió de nuevo el viaje hacia otra fase de su existencia, recordó la ruta, aquella que había transitado junto a un uniforme ejercito de zapallitos. Cruzó un puente. Desde allí veía una síntesis de todo eso que no llegaba a comprender bien: una avenida abarrotada, un estadio gigante, un tren lleno, un par de aviones, se sentía un poco desbordado. Mucha cosa para un simple zapallito.

A partir de cierto momento consiguió respirar mucho mejor. Se le fueron abriendo los poros más recónditos y se sintió saludado por garzas y chiricotes. Seguía sin entender, en verdad, cómo podía ser. Verde, árbol, pastizal, animal, bichos humanos ahora celebraban su llegada. Se le escapó una sonrisa que solo un gato advirtió. Quedó depositado en un cajón junto a variados vegetales. Llegó la noche y pudo descansar luego de tanto trajín. Cuando los zapallitos descansan tienen la facultad de volar por sobre su existencia física. Así fue que al amanecer dejó su cuerpito verde y entonces su curiosidad lo llevó a recorrer el lugar. Era una aldea.

Allí descubrió bellos colores nunca antes vistos, sonidos de pájaros que cantan desde las tipas. La flor del amaranto le hizo un saludo y terminó conociendo la huerta: un montón de hermanitos antes del parto. ¡Qué emoción, zapallito! Fue a sentir el vientito del río, fue al bosque del silencio a encontrarse, al de la resistencia a rodar por entre yuyos y al pantano a investigar algo que no nos contó. Bien tempranito vió un bicho humano y lo siguió a ver que hacía, juntó unas ramitas y puso agua en un recipiente. Llegó otro bicho humano y abrazó al primer bicho humano. Sin decirse palabras se aprestaron a la primera ceremonia: el mate. El zapallito seguía sin entender bien todo eso, pero lo que sí captaba perfectamente era la sintonía y el amor, porque si bien había sido concebido como un producto tenía en su memoria celular la energía de la Pacha dando vueltas, lejos del hoy vales tanto y mañana estás de oferta. Se sintió feliz. Luego vió otros bichos humanos, hacían muchas cosas. Tuvo tiempo de saltar sobre el adobe fresco cuando nadie lo vió y hasta charlar un rato con el tomate santo. Se fue haciendo el mediodía y sintió que su cuerpito físico lo llamaba desde el cajón. Era hora de volver.

Cuando volvió, otra mano de amor lo agarró y lavó. Con sabiduría se despidió del ciclo que le había tocado. Trasmutó en una ensalada colorida y aromática. Presenció el silencio de su partida, que es el mismo del agradecimiento: ¡muchas manos entrelazadas! Pensó en broma que estaba rodeado, los miró bien fijo a los rostros de paz y se sintió feliz, nadando por entre las sonrisas. Agradeció estar allí. Luego entró en el cuerpo de todos esos seres y los llenó de alegría. Buen final para un simple zapallito. Por ese y por otros tantos motivos luego los bichos humanos cantaron varias canciones, algunas verde oscuras por fuera, verde claro por dentro.

Addendum. Dícese que más zapallitos brotaron a través de las semillas que llegaron a alguno compost de aquél lugar.

 

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