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Diario Perfil – Josefina Hagelstrom | 24/08/2013

Una decena de personas cultiva, hace yoga y talleres e intenta vivir en armonía con la naturaleza, detrás de uno de los pabellones de la Ciudad Universitaria de la UBA. Galería de imágenes.

En el pabellón 5 de Ciudad Universitaria hay una aldea. Allí, donde terminan los edificios a cuyas aulas asisten miles de estudiantes, un grupo de 15 personas vive en un entorno natural, en contacto con la naturaleza, cosechando, acampando, reciclando. Parece inverosímil que en plena ciudad, tan cerca de una autopista y de un aeropuerto, pueda existir un lugar así. Pero no sólo existe, sino que también se sostiene.

Velatropa, como se llama la aldea, surgió primero como un experimento y se consolidó como un estilo de vida. Quienes viven ahí están de paso. Son en su mayoría estudiantes y viajeros de distintas nacionalidades. Personas que eligieron vivir de otra manera. Construyen casas de adobe y reciclan la basura para hacer compost, y con eso alimentar la tierra. Los primeros en instalarse fueron estudiantes de Biología de la UBA, preocupados por el futuro de ese espacio abandonado que iba a ser la sede de la facultad de Psicología, después un estacionamiento, y que terminó siendo un basural.

Las tierras pertenecen a la UBA, por lo que el desalojo siempre ha sido una amenaza latente. Ahora, en la tercera etapa de Velatropa, que ya cumple seis años –la primera vez que se instaló un grupo fue en los 90, después en el año 2000 y la última vez en 2007–, alcanzaron cierta estabilidad. El año pasado juntaron firmas para presentar un proyecto explicando quiénes son y qué hacen ahí, para que el lugar también forme parte de la reserva ecológica que va abrirse en Ciudad Universitaria.

Cualquiera puede entrar a Velatropa y asistir a los talleres de huerta, bioconstrucción, reciclado, macramé o anarquitectura arbórea (construcciones en los árboles). No hay jefes, y todas las tareas son compartidas. El lema es: “Ves una tarea, es tuya”. Todos limpian, construyen, cosechan. Se proponen como un centro de experimentación interdisciplinario, y se rigen por la permacultura, que implica un sistema sostenible donde el ambiente y las construcciones se integren armónicamente.

En la entrada hay un refugio hecho de adobe y basura reciclada. Allí hay una mesa, bibliotecas, una cartelera con anuncios de los talleres, una tela con artesanías –que venden a voluntad–, juegos de mesa, computadora, equipo de música, instrumentos. Todavía está en construcción, lo están pintando y terminando los revoques.

Son las 7 de la tarde del jueves, y los velatropenses resisten el frío. En una de las salas, dos personas juegan al ajedrez mientras en otra alguien dibuja y otro practica con un bajo. Guido y Juan estudian arquitectura. Con música clásica de fondo, fijan su atención en los planos en los que están trabajando. Ellos facilitan los talleres de bioconstrucción que se dan en la aldea dos veces por semana. Buscan así combinar lo que aprenden en la universidad con la experiencia vivida, convencidos de que se puede estimular un paradigma de construcción amigable con el medio ambiente. Al lado, Maxi dibuja en un cuaderno. Los muestra: son cómics que después sube a internet, para compartirlos. Es chileno, pero hace 12 años que está viajando en bicicleta.

Bicicletas hay en todos lados. Es que los velatropenses no están todo el día en la aldea. Algunos incluso van a trabajar al microcentro y vuelven por la tarde. También tienen un panel solar y una canilla de agua corriente que les cedió la UBA.

Hacen encuentros con cada luna llena, donde debaten cómo se sienten y hacia dónde van. También hacen festivales, a los que puede asistir cualquiera. Hace un mes celebraron los seis años de la aldea. En las huertas que armaron en tierras que eran escombros se pueden encontrar alcauciles, bananos, cebolla, apio, paltos, acelga, mora. “Hay plantas que recién están empezando a crecer y van a tardar años en dar frutos. Hay flores medicinales. El autosustento es un proceso”, explica Sacha, un velatropense.

Quieren que algún día el lugar se convierta en un bosque frutal, donde los estudiantes puedan acercarse a estudiar y disfrutar de la naturaleza. Algunas cátedras de arquitectura llevan a sus alumnos a charlas ahí, o los velatropenses van a sus clases a contar experiencias. También las escuelas pueden organizar paseos para que los alumnos vean ejemplos concretos de ecología y sostenibilidad que puedan aplicar en la práctica cotidiana.

Velatropa es una experiencia compleja, y está abierto a cualquiera que quiera saber de qué se trata.

Referencia http://www.perfil.com/sociedad/Una-eco-aldea-a-media-hora-del-Obelisco-revive-el-sueo-hippie–20130824-0014.html

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